Dulcinea
El Sillón Dulcinea no se apoya con peso, sino con ligereza.
Hay en su forma una tensión viva, casi animal, que recuerda a un cuerpo en movimiento. De ahí su nombre alternativo: Pegaso. El sillón no se posa, parece a punto de elevarse.
La estructura no se curva, se construye desde planos definidos que, al encontrarse, dibujan una silueta continua. No hay gesto gratuito. Hay decisión. Es en ese encuentro preciso donde aparece su carácter.
La madera laminada aporta rigor y estabilidad, mientras que el contrachapado de olivo introduce una belleza más libre, más imprevisible. El veteado no se repite: aparece como una huella natural que recorre la pieza y la hace única.
El asiento, limpio y contenido, actúa como pausa.
Un lugar de descanso dentro de una forma que sugiere impulso.
En ese diálogo entre control y materia, el Dulcinea encuentra su fuerza.
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